El abuso sexual de los niños es, muchas veces, difícil de detectar sobre todo en aquellas comunidades en que existen mallas familiares estrechas y grupos amistosos con lazos
afectivos fuertes entre sí. La negación es una defensa frecuente frente a las malas noticias de la realidad, y puede bien decirse que en una familia y en una comunidad no hay peor noticia que el abuso sexual de sus niños. Ningún descubrimiento genera tanta vergüenza, culpa y repugnancia como sentirse cercano a esta perversión.
Hoy sabemos que la mayoría de los abusos sexuales ocurre cerca o dentro del grupo familiar y son realizados por los familiares cercanos, padres, abuelos, tíos, hermanos o amigos de la familia. Enfrentarse con un descubrimiento que puede destrozar toda imagen de amor filial o amistoso resulta muy difícil. Por este motivo, la negación es un componente esencial del abuso. Como una hidra de mil cabezas, toma distintas formas y va recorriendo etapas. La primera es negar los hechos totalmente, la segunda es minimizar lo ocurrido, y así, siguiendo.
Los mismos niños que han sido abusados, son los que suelen negar lo ocurrido. Es por este motivo que las sospechas de abuso con fundamento deben estar estudiadas siempre por profesionales especializados, que puedan proteger debidamente a los menores de todo trauma psíquico durante las pruebas. Por cierto, quienes son acusados serán también protegidos por la seriedad de los estudios profesionales que tanto pueden confirmar como descartar las sospechas de abuso. Las pruebas psicológicas no siempre son totalmente concluyentes. La responsabilidad final de la protección de los niños y los adultos en casos tan dolorosos recae finalmente en la probidad de la justicia.
Graciela Peyrú
Fuente: Revista Veintitrés, 25 de octubre de 2007.