Si bien hoy en día algunas expresiones del racismo no se observan como hace un tiempo, persisten formas más sutiles de racismo, desde en la escuela hasta en el mundo laboral, y también en otros ámbitos. ¿Cómo experimentan las víctimas estos mensajes racistas más ambiguos? ¿Son éstos menos hirientes que la hostilidad franca y abierta? ¿Cuáles son las rutas mentales y emocionales a través de las que estas nuevas formas de discriminación causan daño a una persona?

Todos los seres humanos nos comportamos guiados por unas pocas necesidades básicas, entre ellas la de comprender el mundo que nos rodea. Cuando otras personas nos hacen algo, necesitamos saber por qué, y si estamos inseguros, invertimos una cantidad de esfuerzo cognitivo para diagnosticar en qué situación nos hallamos.
El problema es que nuestros recursos cognitivos son limitados, de modo que cuando estamos resolviendo un problema tenemos dificultad en concentrarnos en otro al mismo tiempo. Algunos psicólogos piensan, basándose en este hecho, que en algunos aspectos el racismo sutil puede ser más (y no menos) perjudicial que la antipatía clara y directa, al robarnos más energía mental. El racismo explícito y a la antigua es doloroso y está cargado de odio, pero no es vago o confuso. Identificarlo no requiere mucho trabajo cognitivo. Pero si una persona es, por ejemplo, el candidato más calificado para un puesto de trabajo, y lo sabe, y aún así no obtiene el empleo por alguna razón no declarada, esta situación le acarrea un esfuerzo mayor de procesamiento mental.
Las psicólogas Jessica Salvatore y Nicole Shelton, de la Universidad de Princeton, decidieron explorar esta idea en el laboratorio. Llevaron a cabo un experimento, publicado recientemente en Psychological Science, en el que unos voluntarios fueron testigos desde adentro de las decisiones de una empresa sobre contratación de personal. Vieron el currículum de cada candidato que optaba al puesto de trabajo, los comentarios y las recomendaciones de los entrevistadores. Si bien no se trataba de una empresa real y no había en ella personas reales involucradas, para los voluntarios, ignorantes de que se trataba de una investigación, todo aquel montaje operó como una realidad.
En el experimento no se dejaba lugar a dudas acerca de qué candidato era el más calificado; algunas veces el candidato era elegido, y otras veces no. En ciertas ocasiones, la compañía ignoraba al mejor candidato por abiertas razones de racismos. Otras veces, ese candidato era ignorado sin ninguna razón aparente.
Las psicólogas realizaron el experimento muchas veces, en todas las combinaciones posibles, de manera que tanto los voluntarios blancos como los de color vieron a los candidatos negros siendo examinados por los evaluadores blancos y por los evaluadores negros, y lo mismo se hizo con los candidatos blancos.
Después de presenciar estas decisiones, los voluntarios del estudio se sometieron a un test. Durante esta prueba, se reflejaban por un instante en una pantalla nombres de colores, pero modo erróneo (la palabra “rojo” en letras verdes, por ejemplo) y lo que se les pedía a los voluntarios era identificar rápidamente el color de las letras. Ésta es una prueba corriente para medir la capacidad de esfuerzo mental. La idea en el estudio era ver si experimentar el racismo sutil interfería con esa capacidad mental.
Los resultados indicaron que sí lo hizo, al menos para los voluntarios negros, y más que el racismo declarado abiertamente.
Los voluntarios de color, que habían sido testigos de decisiones injustas de contratación motivadas por causas ambiguas, obtuvieron resultados menos eficientes en el test, lo que sugiere que estaban utilizando una gran parte de sus recursos mentales para encontrarle un sentido a la injusticia presenciada.
En cambio, y éste es un resultado también revelador, los voluntarios blancos estaban más distraídos en el test después de presenciar situaciones de racismo abierto y descarado, que ante una discriminación más disimulada.
Salvatore y Shelton suponen que esta diferencia de reacciones se debe a que los blancos raramente experimentan racismo en su contra, por lo que quedan mucho más desconcertados cuando presencian una situación así. Por esa misma razón, no se percatan de la versión disimulada de ese racismo.
En cambio, para muchas personas de color, el racismo abierto contra ellas no es, por desgracia, una situación inesperada, y ya han desarrollado estrategias psicológicas para enfrentarlo. Es el racismo sutil, disimulado, insidioso, amparado en excusas y sin signos evidentes de su naturaleza, lo que puede sumergirlos en dudas y pensamientos capaces de robarles una parte importante de su capacidad de concentración.
Por Ricardo Gómez Vecchio. Psicólogo y Periodista Científico.