Vida & muerte en los juegos de azar

   

Todos los pueblos adjudican un lugar preponderante a los juegos y a los deportes dentro de las complejas culturas que van construyendo. Este rasgo universal hizo que el historiador Huizinga haya definido al hombre como Homo Ludens. Quizás porque es el único ser vivo con capacidad para aburrirse, pese a que su existencia representa un continuo dilema a resolver, los juegos son, entonces, el antídoto por excelencia. Juego y cultura mantienen una relación inseparable.

El juego es parte del origen y el motor del proceso de civilización, del camino que libera al hombre de la cárcel primaria de su condición biológica.

Los autores de la abundante bibliografía que hoy existe en relación al juego lo han dividido en cuatro tipos:

  • Los juegos basados en la habilidad que incluye a todos los de competición, como por ejemplo: tenis, boxeo, lucha, etc. en los que se pone el cuerpo y los jugadores están en igualdad de condiciones.
  • Los juegos de mímica, cuyo ejemplo más típico es el disfraz, en el que el jugador finge “ser otro” y basa su estrategia en la imitación.
  • Los juegos de vértigo, como las carreras de autos, en los que se busca el estado vertiginoso.
  • Los juegos de azar, de los que nos ocuparemos más extensamente.

Es en la idea de azar donde aparecen conceptos que impregnan nuestra cultura. La palabra con que hoy se llama a la casualidad o al caso fortuito tiene su raíz etimológica en el término árabe azzahar, con que se nominaba a un dado que llevaba pintada una flor de azahar en una de sus caras. Cuando el dado caía con la flor para arriba, el jugador perdía. Suerte, en cambio, proviene del latín, sortis, y está relacionado con el destino favorable.

Es casi imposible divorciar la suerte de las prácticas de juego, en tanto se lo asocia con el logro de éxitos sin esfuerzos. Tan es así que hasta existen naipes para “decir la suerte”. Bajo la suposición de que una fuerza “sobrenatural” influye y gobierna el resultado y anticipa si el sujeto en cuestión goza del favor, o padece el desagrado de los “dioses”.

En la necesidad de desafiar a un “destino” es donde más claro se ve que el juego de azar se transforma en un verdadero oráculo. Representa en esencia lo irracional, lo que el hombre no puede manejar, lo que está conectado con lo oculto y misterioso.

Huizinga define al juego como una “actividad libre que se diferencia del trabajo, una obligación”. Si bien es posible trabajar con mucho placer y llegar a transformar el trabajo en juego, éste representa al fin el lugar donde el hombre busca escaparse de la exigencia de lo cotidiano.

Es cierto también que el juego que el hombre crea, en el que originalmente es libre, puede atraparlo de tal modo que se erija en una pasión y lo esclavice, en una adicción similar a la que generan las drogas. En este punto, el juego muta su condición de divertimento en algo serio. Si se observan los rostros de los adictos al juego, la expresión menos frecuente es el placer, la distensión o la fellicidad.

El juego debe ser practicado en un determinado tiempo y espacio, debe ser encuadrado y sometido a reglas precisas. La severidad con que se juzga a los tramposos, a los que las infringen, está vinculada con las condiciones que garantizan la existencia misma del juego.

Otra condición ineludible es que exista lucha, rivalidad, duelo. En la medida en que se entra “en juego” aparece la tensión y la incertidumbre por lo desconocido del resultado. Si éste fuera previsible, desaparecería el atractivo del juego. Esto conduce ineludiblemente a que alguien pierda y alguien gane. El azar decide siempre.

La competencia pone en funcionamiento la necesidad de ganar, de demostrar la superioridad sobre otro, que pierde. El marxismo ha postulado que los juegos de azar constituyen “el opio de los pueblos” en tanto suponen un escape o fuga de la realidad concreta. Posición discutible, por cuanto jugar es una necesidad implícita del hombre y por tanto está inscripta en sus culturas.

Lo que sí puede admitirse es que el juego, si bien es una actividad creadora, es improductivo. Desde el punto de vista estrictamente económico, no existe en él producción, sino a lo sumo movimiento de dinero.

Pese a ello, las distintas culturas nunca han visto al juego con indiferencia. Canalizar el juego más que reprimirlo ha sido en general la norma.

El juego de azar es casi tan viejo como el hombre. Los dados son considerados el instrumento de juego más antiguo que se conoce. Comenzaron siendo piedras o tabas, con las que se jugaba a cara o cruz.

Durante el renacimiento apareció el primer intento por controlar y regular los juegos de azar. Por entonces, los hombres habían llegado a tales extremos que galos y romanos solían empezar jugando sus bienes, luego seguían con las mujeres y terminaban por apostar la libertad y aún la propia vida. Existen crónicas de batallas y guerras de conquista en las que los vencedores se transformaban, merced a los dados, en vencidos y los conquistadores en esclavos.

En Argentina, las cartas y la ruleta fueron introducidas, probablemente, en la época de la colonia. Existen documentos que acreditan que ya en 1810 existían “casas de pasatiempo” en las que había ruleta. La Lotería Nacional fue creada en 1812, pasando a convertirse rápidamente en una imponente fuente de recursos que posibilitó empedrar las calles de “la gran aldea”.

Hay estudios que dan cuenta de que ciertas ciudades en las que fueron cerrados los casinos dejaron de progresar: Tigre (en su momento) y Adrogué se destacan en esa lista.

El trabajo clínico muestra que el jugador adicto es el que menos conciencia suele tener acerca de su enfermedad. Suelen ser sus familiares, por lo general, quienes consultan y solicitan ayuda.

Si se considera, además, que el juego es administrado ( y por ende legalizado) por el Estado, la patología estimulada, promovida y regulada por el Estado adquiere formas complicadas.

Es importante diferenciar la práctica de los juegos de azar de la enfermedad transformada en esclavitud (adicción), que tiene una ligazón clara con la ansiedad de muerte. Se diferencia nítidamente de la práctica de juegos vinculados con la vida y la creatividad.

Es imprescindible rescatar lo lúdico como actividad humana esencial, creativa y libre. Pero es también importante tener en cuenta y luchar contra esas formas patológicas del juego, como adicción, que conspiran contra la felicidad y el bienestar de una persona y sus familiares.

Fuente: Psicologías, Lic. Carmen Rodríguez Salgado

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