A medida que crece el desencanto y se frustran ambiciones y deseos, las condiciones sociales se tornan aptas para el florecimiento de la envidia. Crece el resentimiento en relación con cualquier ventaja de que otro disfrute, y el deseo de poseer personalmente esa superioridad. Esto es particularmente visible en sociedades donde la abundancia de unos y las carencias de otros se hacen muy notorias, y contribuye también a generar violencia.
La envidia no es una emoción suave. No es un “ yo también quiero lo que vos tenés”. Es agresiva: “yo quiero lo que vos tenés y quiero que vos no lo tengas”. Se origina en el odio y puede ser de una intensidad asesina. Las personas víctimas de la envidia viven en un estado de permanente ansiedad, de competencia contínua, comparando siempre lo que otros tienen con lo que ellas carecen.
Si bien quienes han sido carenciados de niños son especialmente sensibles a la envidia, casi ninguno crece libre de ella. En “Cenicienta y sus hermanos”, Ulanov sostiene: “Todos aquellos adultos que no encuentran una forma de ser verdadera, que les brinde una identidad clara y segura, son especialmente susceptibles. Lo que no llegamos a ser, se venga de nosotros y pasamos a envidiar a las personas que realmente viven su vida plenamente”.
Las personas suelen envidiar a quienes tienen muy cerca. Alguien que está escaso de dinero no envidia a Bill Gates, sino a su vecino de al lado, que tiene un auto mejor. Porque su cercanía le hace sentir que también tiene derecho a ello. Lo que resulta muy lejano no produce ese sentimiento.
De acuerdo con el psicoanálisis junguiano, la envidia se desarrolla cuando una persona no puede entrar en contacto con su Self central. La sombra, que ampara a la envidia, se genera cuando al niño se lo desvía en exceso de la posibillidad de reconocer y realizar sus propios deseos. Surge así como una proyección de la derrota y la decepción.
La envidia puede ser disparada a menudo por un sentimiento de pérdida. Sutilmente, un duelo por la pérdida de alguien querido puede deslizarse desde sentirse triste a envidiar a quienes tienen lo que uno acaba de perder. Por ejemplo, una madre cuyo hijo se acaba de ir de casa a la que tiene aún niños pequeños.
Es por este motivo que la envidia puede llegar a ser una emoción devastadora dentro de las sociedades altamente individualistas que predominan actualmente. Como dice Bart Simson: “Mi padre dice que no hay buenos perdedores. Si usted no gana, es un perdedor y los perdedores son eso, perdedores”. Esta confrontación ganadores vs. perdedores produce un código de significaciones muy destructivas y generadoras de violencia. Porque cuando una persona envidia está relegando sus propios potenciales por concentrarse en lo que tiene el otro. Quienes tienen una vida plena y creativa no suelen caer en la envidia.
Si usted es envidiado será visto como perfecto, idealizado y posiblemente como la causa del sufrimiento del otro. Será considerado sólo en función de la parte suya que el otro quiere tener.
Desde la perspectiva del envidiado surge el temor a ser robado, privado no tanto de las cosas que posee, como de su singular modo de ser, de su propia y única sustancia. Sin embargo, intentar defenderse de la envidia puede ser útil. ¿Pero cómo? Si la persona envidiada se aleja y toma distancia, será denunciada como fría y lejana. Si trata de apaciguar a quienes la envidian, no será escuchada. Cualquier intento de acercamiento se verá abortado. La víctima de la envidia está rodeada por una muralla sin aperturas. Corre el riesgo incluso de quedar aislada en el grupo o en la comunidad.
Así como la envidia puede ser peligrosa para quienes la experimentan, puede ser aún más destructiva como norma cultural. Ulanov plantea en el libro ya citado: “el lago compartido de nuestra vida en común se va secando lentamente. La bondad es tratada como una posesión personal y la pregunta es ¿quien la tiene?, ¿cómo puedo tenerla?, ¿por qué la tenés vos y no yo? No aparece ningún sentimiento de compartir las cosas en conjunto, de que existe suficiente bondad para todos. El pensamiento se reduce a una cantidad de consumo: si vos vas a tener un pedazo más grande, el mío será más chico”.
Esto lleva rápidamente a la hostilidad y el estrés.
Hacer emerger la envidia a la superficie puede tener resultados positivos, porque lo que se envidia es en realidad algo que en el fondo se posee y no se puede o sabe utilizar, no un objeto material o una posesión ajena. En este sentido la envidia puede ser también el motor del crecimiento y puede adquirir el matiz de la ambición.
Es bueno pensar un poco en la envidia como hambre, un hambre de cosas buenas. La envidia conciente que uno experimenta forma parte de las trama de relaciones entre los seres humanos. Sólo que es necesario imaginarse a uno mismo poseyendo lo que el otro tiene antes de lanzarse a la conquista y aceptar sus ventajas, pero también es igualmente importante medir sus costos. De este modo, aunque siempre dolorosa, la envidia puede transformarse en un camino para la acción.
La envidia puede permitir reconocer que las áreas no satisfactorias de hoy provienen de elecciones realizadas en el pasado. De tal modo, puede convertirse en una clara señal del sendero que no hay que tomar en el hoy y abrirnos a la posibillidad de buscar alternativas creadoras en nosotros mismos. La energía de la envidia, como la del viento y las mareas, puede ser puesta a trabajar a favor de nosotros y ayudarnos a descubrir y desplegar mundos ocultos dentro nuestro.



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