Ranking de Fobias en Argentina

 

Phobos se convirtió en la personificación del miedo y del horror junto con Timor, su par romano. Con el tiempo, de Phobos quedaron las fobias, esos miedos intensos y fuera de toda razón que en el mundo sufre entre un 5% y un 11% de la población.

En la Argentina, quienes van a consultar a un psicólogo o psiquiatra por fobias ante situaciones u objetos, son el 8 por ciento. Pero es tan solo la población que confiesa sus fobias abiertamente, a razón de 2,7 mujeres por cada hombre. Sin embargo, son muchos más los argentinos que conviven con los miedos más diversos hasta que un día, súbitamente, sienten que su vida entra en una especie de bloqueo, de callejón sin salida, porque ya no pueden ir a ciertos lugares, o reunirse con personas, o siquiera movilizarse.

El top ten de las fobias argentinas típicas incluye el terror al encierro, al avión, a vomitar, a los insectos, a conducir un vehículo, a las agujas y la sangre, a los animales domésticos, a las aves, a los sapos y a las alturas. Diez temores que, a veces, llegan a invalidar el desarrollo normal de la vida de una persona, y que acosan a los argentinos más de lo que suele creerse.

Datos estadísticos obtenidos por la Fundación Fobia Club indican que un 27% de los fóbicos argentinos sufre de claustrofobia, y se aterroriza en espacios cerrados, ascensores, túneles, subterráneos, tomógrafos, cualquier habitación que a ellos se les represente como chica. Los claustrofóbicos no le temen a la situación en sí misma, sino a sus posibles consecuencias negativas: quedarse encerrado (y por eso también se sienten vulnerables y temerosos cuando ven restringidos sus movimientos) o sufrir asfixia (enseguida creen que no hay aire suficiente en los espacios cerrados).

“Muchos emetofóbicos no pueden llevar una vida normal a causa de su fobia, se someten a sí mismos a restricciones en su alimentación, evitan las salidas, y algunas mujeres hasta tratan de impedir el quedar embarazadas para no arriesgarse a sufrir náuseas y malestares”, explica Bustamante. En el fondo, lo que se esconde en esta fobia es la vergüenza.

El mayor problema con el que se encuentran psicólogos y psiquiatras (y, en primer lugar, los mismos pacientes) es que ese pudor por padecer una fobia demora la consulta médica. ¿Cuándo llega alguien a un consultorio para conversar acerca de un problema que, para la mayor parte de las personas, es una “manía” o una “idea fija” que no tiene sentido? “Cuando ven alterada su calidad de vida”, resume Bustamante. “Una fobia altera el comportamiento de quien la sufre y se arma un circuito perfecto: la persona se anticipa mentalmente a la posibilidad de tener que enfrentar ese objeto o esa situación a la que teme irracionalmente, y en consecuencia se angustia y se pone en alerta, lo que altera todo su sistema físico también”, describe.

Mundo artificial. Pero no todo lo que asusta en extremo es antiguo, ancestral o innato (como el miedo a volar, algo que el ser humano no puede hacer por sí mismo, o a quedar encerrado en un ascensor símil caverna), sino que mucho es producto de la cultura humana misma. La amaxofobia o temor irracional a manejar un automóvil es la quinta fobia más frecuente entre los argentinos.

Sudores, temblores, taquicardias, dolor de estómago, son algunos de los síntomas que padecen los afectados, mayoritariamente hombres, muchos de los cuales inclusive se ganan la vida como conductores. “Hace dos semanas que me pongo nervioso cuando tengo que manejar mi auto en la ruta o en la autopista –confiesa Juan G., de 35 años–. No soy capaz de pasar los 100 kilómetros por hora y si tengo que adelantarme a un auto me palpita el corazón. Nunca tuve un accidente y esto empezó así de repente… el problema es que tengo que manejar 25 kilómetros de mi casa al trabajo todos los días”.

Más admitido popularmente y con cierto rango de “debilidad tolerada” entre los hombres, asustarse extremadamente ante una aguja, una extracción de sangre, un dentista y un torno, también alarma a argentinos de la ciudad y del campo. Porque eso tiene este ranking de fobias nacionales: las mismas se repiten en zonas urbanas y rurales, no importa si el terror son los sapos y si la persona vive en un departamento en la ciudad de Buenos Aires, la fobia existe igual y tiene la misma fuerza que entre habitantes de un pueblo chico del interior. La diferencia, dicen los especialistas (y eso es lo que más angustia a los enfermos) es que en el campo se ven muchos más sapos que en la Avenida 9 de Julio.

Pero el gran problema de quienes sufren alguna fobia es que pueden llegar a tardar años en recibir el tratamiento adecuado. Un estudio hecho en las ciudades más grandes de los Estados Unidos muestra que solamente el 8 por ciento de los pacientes tiene un tratamiento psiquiátrico y psicológico por su trastorno, mientras que el 32 por ciento es seguido por un cardiólogo por presunta hipertensión arterial o problemas coronarios, otro 19 por ciento por un gastroenterólogo, un 9 por ciento como si tuviera enfermedades respiratorias y un 8 por ciento por dermatólogos. El resto se reparte entre servicios de ginecología, urología y otros.

Las fobias suelen verse como un capricho personal, o como un síntoma aislado, no como una enfermedad específica que responde a cuestiones genéticas, educativas y sociales. Y que, aseguran los especialistas y muestran las estadísticas, tienen tratamientos y terapias específicas que suelen ser exitosas. Para que Phobos y Timor vuelvan a las cavernas de la antigüedad de donde un día surgieron.

Con ayuda de psicoterapia, todas las fobias pueden superarse.
La Fundación para la Salud Mental propone tratamientos diseñados alrededor de lo que necesita el paciente. El tratamiento se adapta al paciente, y no el paciente al tratamiento.

Como siempre, si necesitás ayuda o asesoramiento, llamanos al 4831-2121 o mandanos un mail a consultas@psicoconsulta.com.ar . Estamos para ayudarte.

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